sábado, 4 de mayo de 2013

Clínica con niños. Un recorrido

El psicoanálisis francés contemporáneo lleva la marca y la impronta de Lacan. Es lógico que así sea. Lo mismo ocurre en el psicoanálisis inglés con la figura de Melanie Klein. Aún en aquellos autores que actualmente discuten con Lacan, al punto en algunos casos de una franca oposición (por ejemplo Green, Laplanche), vemos un discurso que no podría haber sido sin Lacan. Así como Lacan postuló su famoso retorno a Freud, alarmado ante los desvíos producidos en la teoría y en la práctica de algunos posfreudianos y Laplanche postula actualmente un retorno sobre Freud, un trabajo sobre la obra de Freud, en su fecundidad y también en sus tensiones internas; de la misma forma podría plantearse la necesidad de un retorno permanente (más no una repetición esterilizada y ecolálica basada en dogmas sobre los cuales legitimarse) a los textos fundantes del psicoanálisis. Considero a Françoise Dolto como una analista que sin duda funda un campo, sobre todo dentro del análisis de niños. Tal vez su personalidad la puso a salvo de devenir figura central de algún movimiento o escuela o corriente dentro del psicoanálisis. Aun así sus consideraciones marcaron a toda una generación de analistas apresados en la rigidez en que el, inicialmente, revolucionario análisis kleiniano había caído. Dolto imprime a la clínica aires de renovación, de creatividad. Si algo la caracteriza es el profundo respeto por la palabra y por el sufrimiento del niño. El prefacio que Dolto escribe el libro de Maud Mannoni es casi una declaración de principios clínica y teórica. Allí plantea Dolto que la especificidad del psicoanalista es su escucha, caracterizada por su receptividad hacia la palabra que, vía transferencia, se le dirige. El psicoanalista entonces, nos dice Dolto, no da la razón ni la niega, sin juzgar, escucha. La posición del analista tendrá que ver con una búsqueda de la verdad singular de cada sujeto, más allá de los acontecimientos, aunque no sin ellos. De esta forma, el psicoanálisis no busca otra cosa que la restauración de esa verdad propia de cada uno. En el prólogo al que hicimos alusión Dolto señala que El niño o el adolescente se convierten en portavoces de sus padres. De este modo, los síntomas de impotencia que el niño manifiesta constituyen un reflejo de sus propias angustias y procesos de reacción frente a la angustia de sus padres (…) La exacerbación o la extinción de los deseos, activos o pasivos, de la libido (oral, anal o pregenital edípica) o la simbolización del niño de sus pulsiones endógenas, son la respuesta a los deseos reprimidos de padres insatisfechos en su vida conyugal o social, y que esperan de los niños la curación o la comprensión de su sentimiento de fracaso. Al respecto se pregunta Maud Mannoni ¿Qué hay de no comunicable en palabras que se fije en un síntoma? La cita anterior constituye una verdadera toma de posición acerca de cómo pensar el síntoma en la infancia y –más allá del síntoma- hay en la cita todo un modelo acerca de la constitución subjetiva. En este punto deseo detenerme. Estamos ante un punto de ruptura frente lo que podríamos llamar, siguiendo a Mario Waserman , el “clasicismo kleiniano”. Si en éste último, la patología está fuertemente determinada por lo pulsional, por el monto de sadismo proyectado en los objetos independientemente de las características reales y del psiquismo del objeto; en el planteo tanto de Dolto como de Mannoni, en principio , la patología del niño está determinada por el lugar que éste ocupa en el deseo de los padres –inicialmente en el deseo materno. Si la estructura y el significante, así como también el deseo de los padres, preexisten al niño será de máxima importancia el lugar que desde allí se asigna al niño. Es decir ¿Qué lugar ocupa el niño en el inconsciente de los padres? El lugar que el niño ocupe estará determinado por el modo en que los padres han atravesado su propio Edipo. Se trata verdaderamente de una herencia simbólica. Desde este punto de vista, todo ser humano –nos dice Dolto- está atravesado por la relación que tiene con sus padres, por el a priori simbólico que hereda en el momento de su nacimiento . Esto en la clínica implica pensar desde qué lugar es esperado un niño por sus padres: desde el lugar de su majestad el bebé, es decir, aquel que cuenta con la misión de restituirles a los padres su propio narcisismo infantil herido , hasta aquel niño que debe ocupar el lugar, por la vía de la identificación, de un hermanito muerto, o sea aquel que captura la libido materna; la lista de ejemplos y posibilidades sería interminable. El síntoma de un niño es, a menudo, una manera de decir -lo indecible. Apelación al Otro mediante la cual se intenta una salida a una situación en donde algo de la transmisión de la ley se ve dificultado. En muchos casos el síntoma del niño es producido a partir de un agujero representacional en las generaciones anteriores. Algo de lo no tramitado simbólicamente en los padres -a veces el drama se remonta hasta los abuelos- se actualiza en el síntoma del niño. Cara real del síntoma jugándose en un más allá de la historia del niño. Teniendo en cuenta esto Dolto nos dice que aquellas situaciones en las que un niño sirve de prótesis a alguno de los padres resultan en un compañerismo patógeno, lo mismo que aquellas otras en que el niño queda ocupando el lugar de padre de alguno de sus padres. Plantea Dolto que la mentira en relación al origen tiene un papel desestructurante en la vida psíquica del niño. Se puede elaborar una verdad, por más dolorosa que esta sea, pero no se puede elaborar un hueco, aquel que deja lo no dicho de la historia del niño, o de la historia de los que lo antecedieron. Dice Dolto: “Todas las palabras neurotizantes se originan en la mentiras que impiden que los hechos reales hagan surgir los frutos de la aceptación, a partir de la situación real” A partir de las ideas de Dolto, y también de Maud Mannoni, es posible pensar que alrededor del síntoma del niño, elaborado a partir de lo no decible ni por el adulto ni por el niño, se escucha un coro de voces: la de los padres, la de los diagnósticos de la medicina, la de la escuela . La tarea del analista pasa por devolver al niño su propia palabra, restituir la posibilidad de hablar en nombre propio desabrochándolo de otros decires que hablan por él. De esta forma, en su Seminario de psicoanálisis de niños, en relación a la función de la palabra, Dolto plantea que “Es asombroso el esclarecimiento que sobreviene cuando se dice en la verdad; las pruebas, tal y como son, son también dichas y asumidas” Por su parte, Maud Mannoni precisa que la aventura analítica no tiene otro fin más que el de abrir para el sujeto las vías de un acceso a un saber, que es el suyo, pero que le ha sido sustraído; de esta forma, el analista no entrega un saber al paciente sino, más que nada, permite al sujeto dar sentido a su propia palabra, palabra que ha sido amordazada por la mentira y el desconocimiento. El análisis apunta entonces a permitir que el niño pueda asumir su propia historia. Un testimonio de la práctica de Françoise Dolto Considero oportuno en este punto, un acercamiento a la práctica de Françoise Dolto, para ello tomaré un artículo de Juan David Nasio . En el mencionado artículo Nasio comenta que ha tenido el privilegio de asistir y participar a la consulta que Françoise Dolto realizaba en una salita de la calle Cujas, en París. En 1985, después de treinta años de dirigir su consulta en el Hospital Trousseau, Dolto decide reanudar este trabajo clínico, pero exclusivamente con niños huérfanos alojados en una guardería. Tenemos de la propia Dolto un testimonio de su práctica hospitalaria expuesta al principio de El caso Dominique . Tomamos las palabras de Dolto: He pensado siempre que la asistencia de otros psicoanalistas al trabajo terapéutico podía ser de un interés considerable (…) iluminarnos en cuanto a nuestra orientación, que encuentra su sentido en una escucha más afinada y el mayor respeto por todo lo que el analizado expresa de su inconsciente. (…) En mi consulta hospitalaria me di cuenta que este modo de trabajo (con testigos) no estorbaba al sujeto en psicoterapia conmigo sino cuando la presencia de los asistentes me estorbaban a mi misma en la espontaneidad de mi atención y mi receptividad. Señala Nasio que “Los pequeños pacientes son recibidos por F. Dolto dos veces por mes. Las curas, en general bastante cortas, se prolongan a veces durante uno o dos años” Agrega Nasio que cuando estos niños, a la espera de una familia adoptiva encuentran un hogar, la continuidad de la terapia depende del deseo de los padres adoptivos. Lo particular, la idea inédita de Dolto, comenta Nasio es haber introducido en el interior de las curas con estos niños la participación activa, como co-terapeutas, de un grupo de analistas (cabe aclarar que estos analistas no necesariamente son psicoanalistas “de niños”) Nasio realiza una descripción muy viva de la salita en la que trabajaban. Vale la pena citarlo: Encontrábamos ahí una mesa con tres sillas alrededor: la de la señora Dolto, la del niño y, al lado, la reservada al auxiliar de puericultura cuando estaba presente en la sesiones. Pocos metros a la derecha de la mesa, en semicírculo, se instalaban los psicoanalistas-oyentes, dispuestos de tal manera que ninguna de sus sillas estuviese situada detrás del niño El grupo de analistas no constituye un grupo de observadores pasivos sino que actúan como participantes casi siempre activos, con una implicación viva y transferencial, en la sesión y en la cura que se está llevando a cabo. Activos también cuando el niño se dirige a alguno de los analistas del grupo o al grupo en su totalidad. Dice Nasio: “En el momento de entrar y salir, el pequeño paciente saludaba a todo el mundo y nosotros le respondíamos. También podía suceder que, a pedido de Françoise Dolto, cantáramos a coro una cancioncita como “Au clair de la lune”. A veces sólo debían cantar los hombres y otras veces todas las voces se mezclaban al unísono” ¿Evoca tal vez el coro en la consulta de la señora Dolto la función que tiene en la tragedia de Edipo? ¿Cabe al coro la función de nombrar, mediante una cancioncilla, la realidad del inconsciente del niño? El grupo de analistas representa para el paciente un nuevo espacio social que forma parte de la sesión, verdaderamente original en la vida del niño. El encuadre de la consulta, describe Nasio, incluye una sala de espera en la que hay dos sillas de niños, un baúl que contiene muñecos y peluches. Entre sesiones hay una pausa en la cual los analistas intercambian sus impresiones acerca de la sesión que ha tenido lugar con la señora Dolto. Nasio nos relata la experiencia de su participación en estas sesiones: Yo tenía la costumbre de sentarme en la primera silla situada exactamente a la altura de la mesa. Esto me ofrecía un punto de vista tal que la mesa pasaba a ser a mis ojos el terreno sobre el cual se desarrollaba la extraña partida de una sesión analítica, el lugar donde se decidía la relación del psicoanalista con el niño. Había puestos sobre la mesa diferentes objetos que me interesa detallar. Una caja conteniendo pasta para modelar, hojas de papel, un estuche de marcadores gruesos, una vieja caja de bizcochos llena de pequeños juguetes diversos (un soldado, un pato, un barco, etc. ), y en particular: una regla de madera, y unas pequeñas tijeras, un verdadero manojo de llaves, una cadenita, dos cuchillitos, uno de manteca para el modelado y el otro más cortante, un espejito, un silbato y lápices de colores de mina siempre rota que Françoise Dolto solía afinar con el cortaplumas que sacaba de su cartera. Con este gesto de afinar el lápiz, indicaba al niño que cada cual debía ocuparse de la tarea que le correspondía. Me permito la extensión de la cita, ya que con su descripción Nasio nos “mete” sin dudas en la atmósfera de la consulta de Dolto, a la vez que nos da un hermoso testimonio de la manera de conducirse que tenía en el contacto con el niño. Sin duda, Dolto, ser especial, sabía jugar. Algo, o mucho, de ella evoca esa valiosa idea de Winnicott según la cual para ser analista hay que saber jugar. Nasio alude al modo particular de Dolto para centrar su escucha, escucha apoyada en un deseo firme y poderoso: el de hablar a los seres humanos. Cuando ella hablaba, sigue Nasio, su voz adquiría una entonación inimitable, la voz de Dolto: “Cuando se dirigía a un niño o cuando nos relataba casos clínicos, hablaba poniendo espontáneamente en escena los diferentes personajes de la historia.” Discusión Sin dudas el poder pensar el lugar que un niño ocupa en el deseo de los padres, en el psiquismo de los padres ha posibilitado una apertura en el psicoanálisis con niños. No había lugar en Klein para esta pregunta; tampoco parece haberla habido en Anna Freud. El síntoma del niño como un modo de decir lo no dicho de una historia anterior. El síntoma del niño como aquello que devela, al mismo tiempo que enmascara, lo no tramitado en la historia de los padres. Es el niño con su síntoma quien advierte a todos que el rey está desnudo . Si la familia es el marco en el cual tanto el niño como su síntoma se constituyen es una consecuencia lógica de esto que la clínica que se deriva de ello incluya un trabajo con los padres que no se limita a la colaboración en el pago de sesiones y en el trabajo sobre los problemas de encuadre, como en la más clásica línea kleiniana. Si el síntoma responde a un no dicho, será necesario un espacio en donde los padres puedan verbalizar aquello silenciado de su historia, esto tendrá un efecto simbolizante y ordenador para el niño. Una de las críticas que se realiza a estos planteos tiene que ver con que si el síntoma es respuesta del niño al inconsciente materno, o de los padres, se borraría la especificidad del inconsciente del niño y la idea de conflicto intrapsíquico en la causación del síntoma. Más aún: extremando este planteo, el psicoanálisis de niños no tendría razón de ser, en tanto lo que habría que trabajar es el inconsciente materno . Veamos algunas de estas expresiones: Dice Silvia Bleichmar : “Es a partir de la liquidación de la idea de conflicto: conflicto intrapsíquico, intersistémico –y de la relación que éste guarda con la represión y el inconsciente- por donde se ha erradicado en el psicoanálisis de niños al psicoanálisis mismo” La afirmación sin duda es fuerte. Silvia Bleichmar precisa además que se opera una subsumisión del inconsciente del niño en el deseo materno, lo que hace que en la teoría y en la clínica el inconsciente de éste último quede borrado, pierda su especificidad y no participe en la producción del síntoma: Lo que queda sujeto a caución en la fórmula de Maud Mannoni es la subsumisión del inconsciente como objeto del campo analítico (…) Pero posiblemente la cuestión más riesgosa, la que arrastró impasses más severas fue la concepción que propiciaba, como en una inversión simétrica, que el deseo de la madre con relación al hijo –entendido como totalidad fálico-narcisista- sometía sin más trámite a éste a una respuesta sintomal (…) El niño , falo de la madre, síntoma de la madre o de la pareja familiar, o realizando el objeto del fantasma materno, no es más que una mónada carente de inconsciente Tomemos al respecto las palabras de la misma Mannoni : “He dejado de entender que el niño enfermo es un síntoma de sus padres. Ahora me parece evidente que esa no es la única hipótesis , que hay una gama de situaciones varias. Escuchemos a su vez, a la misma Dolto : “Hay psicoanalistas para quienes el recién nacido y el niño pequeño no son significantes sino del deseo de sus padres, al menos eso he comprendido. Por mi parte, si bien pienso que el deseo de los padres induce a su niño por efecto de lenguaje, pienso también que todo ser humano es por sí mismo, desde su origen, en el momento de su concepción, fuente autónoma de deseo. Creemos que la cita de Dolto coloca las cosas en una justa dimensión. En ocasiones los analistas extreman sus posiciones, posiciones que quizás deban ser relativizadas. Por nuestra parte consideramos que el deseo de los padres cumple un rol determinante, no sólo en lo tocante a la patología del niño sino también para su salud y estructuración psíquicas. De la misma forma, consideramos que el niño no es mero objeto pasivo del deseo materno sino que el niño es activo en relación a su propia producción fantasmática. El deseo materno opera, pero también opera la metabolización –por tomar un término de Laplanche- que el niño hace de dicho deseo, de acuerdo a su propia realidad psíquica. Esto es lo que permite que el análisis opere esa valiosísima posibilidad de asumir una historia en nombre propio. A partir de las consideraciones de Dolto y Mannoni, es posible pensar al síntoma del niño como un efecto demorado del trauma. Disloque de la prehistoria anclado en el síntoma, el cual comporta la actualización de lo que ha quedado latente en los padres a la espera de un anudamiento. Más precisamente: podría pensarse que lo que es un acontecimiento en la tercera generación, será rasgo de carácter en los padres - o sea satisfacción pulsional por fuera de la represión y su retorno - cuyo efecto de retorno será síntoma en el niño. Síntoma alrededor del cual, generalmente suena una polifonía de voces, que en un doble movimiento re-velan una verdad histórica. Suenan otras voces. Se superponen a este niño - aquel por quien se consulta - otros niños, sus lamentos, sus deseos - infantiles - activados por el niño en cuestión. ¿cuál es el niño en cuestión? Re-edición del narcisismo de los padres. No está de más preguntarse, en relación al síntoma de un niño ¿qué es lo que allí se satisface? ¿Cuál es el beneficio? ¿Qué posición ocupa en él discurso parental? ¿Cuál es la fantasmática parental en juego y qué posición ocupa el niño en relación a esta? ¿Cuál es el "orden" que el niño con su síntoma subvierte y sostiene al mismo tiempo? Bibliografía consultada 1- Bleichmar, Silvia, Aperturas para una técnica en psicoanálisis de niños, en Trabajo del psicoanálisis, Buenos Aires, 1990, p. 43 2- Dolto, Francoise, Prólogo de La primera entrevista con el psicoanalista, Manonni, Maud, Gedisa, Barcelona, 1994. 3- -------------------- Seminario de psicoanálisis de niños 3, Siglo XXI, México, 1991, p. 154 4- -------------------- El caso Dominique, Siglo XXI, México, 1999, p.7 5- Nasio, Juan David, La clínica de Francoise Dolto. Un testimonio, en Revista Zona Erógena N| 43, Buenos Aires, 1999 6- Mannoni, Maud, La primera entrevista con el psicoanalista, Gedisa, Barcelona, 1994 7- ------------------- Reportaje a Maud Mannoni. Niñez e institución, en Revista Zona Erógena N°10, Buenos Aires, 1992, p. 17 8- ------------------- Lo que falta en la verdad para ser dicha, Nueva Visión, Buenos Aires, 1991, p. 33 9- Waserman, Mario, Espacio de Seminarios. Buscando nuestra posición, en Postdata N° 1, Editorial Homo Sapiens, Buenos Aires, 1997, p. 50 Notas al pie Mannoni, Maud, La primera entrevista con el psicoanalista, Gedisa, Barcelona, 1994. Op. Cit. p. 15. El resaltado me pertenece. Op. Cit. p. 45 Waserman, Mario, Espacio de Seminarios. Buscando nuestra posición, en Postdata N° 1, Editorial Homo Sapiens, Buenos Aires, 1997, p. 50. Veremos posteriormente que ambas autoras plantean ciertos matices. Op. Cit. p. 29 Hay en Freud un antecedente sin dudas importante de las llamadas teorías transgeneracionales en psicoanálisis la idea del narcisismo infantil como re-edición del narcisismo de los padres es una muestra de ello. Se podría pensar también el entramado histórico postulado en Moisés y la religión monoteísta Op. Cit. p. 29 Dice Maud Mannoni: “En cualquier caso, ponerse a la escucha del discurso colectivo es estar atento a lo que, en la enfermedad del niño, no es sino el síntoma de lo que no marcha en el medio que lo rodea” Mannoni, Maud, Lo que falta en la verdad para ser dicha, Nueva Visión, Buenos Aires, 1991, p. 33 Dolto, Francoise, Seminario de psicoanálisis de niños 3, Siglo XXI, México, 1991, p. 154 Mannoni, Maud, Lo que falta en la verdad para ser dicho, Nueva Visión, Buenos Aires, 1992, p. 10. Nasio, Juan David, La clínica de Francoise Dolto, Un testimonio, en revista Zona Erógena N°43, Buenos Aires, 1999. Dolto, francoise, El caso Dominique, Siglo XXI, México, 1999, p.7 Gurman, Isidoro, comunicación personal. Idea, por ejemplo sostenida por Mario Waserman al afirmar que “Cuando llega la ruptura lacaniana se barre con todos los aportes de los desarrollos kleinianos. Se escucha sólo el discurso de los padres y la patología que esto provoca, y se deja de lado todo lo que tenga que ver con el chico. Op. Cit. p. 53. Nuevamente es una verda tal vez parcial, no es la impresión que uno tiene al recorrer por ejemplo las páginas del caso Dominique Bleichmar, Silvia, Aperturas para una técnica en psicoanálisis de niños, en Trabajo del psicoanálisis, Buenos Aires, 1990, p. 43 Op. cit. pp. 44-61. Mannoni, Maud, Reportaje a Maud Mannoni. Niñez e institución, en Revista Zona Erógena N°10, Buenos Aires, 1992, p. 17 El resaltado me pertence. Dolto, francoise, El caso Dominique, Siglo XXI, México, 1999, pp. 196-197.

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