jueves, 1 de mayo de 2014

Sobre el cuerpo

El cuerpo, lo que se dice el cuerpo...con él nacemos y morimos. Lugar laberíntico, nacer con un cuerpo y habitarlo son dos cosas distintas. Descubrimiento fundamental de Freud aquel que indica que la neurosis histérica habla de un cuerpo que no responde a las leyes de la anatomía; anatomía subjetiva, dirá el maestro, en la que el cuerpo es alojado en el fantasma. Cuerpo sede, espacio, borde, marcado por la impronta del deseo sexual. Cuerpo en el que lo más propio deviene in-cierto.
En otras palabras, cuerpo pulsional, es decir, sexual, donde los agujeros que lo constituyen se presentan como permutables: escándalo freudiano aquel que presenta al niño como perverso polimorfo. Escándalo con mayúsculas que consiste no sólo en afirmar que el niño tiene sexualidad sino, además, catalogarlo de perverso polimorfo. Demasiado para la viena de inicios del siglo XX y demasiado para nuestra época. El horror de la re-edición del Edipo habita en la otra escena, aquella de la que el neurótico nada quiere saber.
Freud produce la caída del ideal social del niño como asexuado, cae la imagen del "niño ángel" para dar lugar al niño habitado por los demonios de la sexualidad y la violencia...deseos dirigidos a los padres.
En base a lo anterior, no hay forma de que el psicoanálisis goce de aceptación social, incluso hay que desconfiar cuando esto ocurre. El lugar marginal le conviene más, lugar solidario con el objeto del cual se ocupa. Marginal como el cuerpo sexuado, hecho de zonas de bordes, caído del cuerpo de la medicina. Si el analista, dice Freud, debe reafirmar periódicamente su convicción acerca de la existencia del inconsciente es por el horror que produce. No en vano Lacan hablaba del horror del analista en su acto.
Si, mal que le pese a la sexo-logia, no hay nada de "natural" en la sexualidad humana, entonces, el cuerpo del que hablamos es un cuerpo en corto-circuito en tanto atravesado por la prohibición del incesto. Es a partir de allí que la errancia de la pulsión dibuja la marca trágica de la existencia.
Si el bueno de Lacan pensaba que no hay relación sexual, su aforismo está allí para revolver las aguas del ideal social de armonía en lo tocante a lo sexual. Desproporción, desarmonía entre lo que se desea y lo que se encuentra. Desde este punto de vista, todo encuentro sexual conlleva un fondo de des-encuentro, de tropiezo.
El encuentro con otro, confronta al enigma en tanto uno como el otro están habitados por deseos que les son desconocidos: "¿Cómo a mí te entregaste, luz morena? ¿Por qué me diste llenos de amor tu sexo tu de azucena y el rumor de tus senos? ¿No fue por mi figura entristecida?..." pregunta García Lorca a su amada en Madrigal de verano.
Desde la dureza de los textos sobre la experiencia de satisfacción hasta la perla novelada del Tabú de la vriginidad, desde Tótem y tabú hasta el Malestar en la cultura, desde los historiales clínicos hasta Moisés y la religión monoteísta la obra de Freud va dando cuenta de la brecha existente entre el deseo y su objeto, es decir, la neurosis.
Ese cuerpo, atravesado por la imposibilidad de acceso a lo incestuoso, es cuerpo caído como propiedad exclusiva de la madre. La "partida de nacimiento", primer registro del cuerpo en lo social viene a decir entonces que el cuerpo del niño, que se registra con un nombre, pertenece a partir de allí al campo de la cultura. Si nacer es partir, de la madre, Freud no va a estar del todo de acuerdo con su amigo y discípulo Otto Rank. El "trauma del nacimiento" constituye una pérdida que habría que anotar del lado de la madre.
Si la pulsión da testimonio de la pérdida del institnto, el fracaso de la pulsión da cuenta del deseo. Desencuentro entre la pulsión y su objeto que pone al deseo a desear. Ausencia estructurante, aunque difícil de soportar. De la tragedia a lo tragicómico y de la miseria neurótica al infortunio común son los movimientos que el análisis propicia. Será cuestión de la clínica actual el poder diferenciar entre la falta de objeto y la falta de representación. Confundirlos lleva a atolladeros clínicos, a mi entender, de gravedad. Ambos agujeros no pueden ser abordados, bordados, bordeados de la misma forma.
El cuerpo entramado en los libretos de la sexualidad infantil es la forma de anudamiento, de ligadura de lo pulsional, es decir, de lo verdaderamente traumático, al campo de lo representable. De esta forma, la novela familiar del neurótico es pantalla del trauma. Si todo recuerdo infantil es, en el fondo, recuerdo encubridor entiende Freud que lo que allí se vela y se re-vela es lo atinente a la sexualidad y al deseo.

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